Para los padres estadounidenses, en especial los que tienen niños pequeños, los últimos dos meses han sido vertiginosos y muy frustrantes.

A principios de febrero, los organismos reguladores federales anunciaron que evaluarían la vacuna contra el coronavirus de Pfizer-BioNTech para los niños más pequeños, pero diez días después desecharon ese plan con el argumento de que tenían dudas sobre la eficacia de la vacuna en ese grupo etario.

Poco después, los científicos informaron que la vacuna solo ofrecía una protección débil contra la infección por la variante ómicron entre los niños de 5 a 11 años y que parecía ofrecer poca protección contra la enfermedad moderada por COVID-19 entre los adolescentes de 12 a 17 años.

El lunes, citando estos datos, el director general de salud pública de Florida declaró que los niños sanos no necesitan ser vacunados, consejo que Jen Psaki, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, calificó de “sumamente preocupante”.

A pesar de todo, los expertos han seguido defendiendo las vacunas, señalando que, aunque la variante ómicron pueda penetrar las defensas inmunitarias y contagiar a las personas, las vacunas siguen previniendo la enfermedad grave y la muerte, y pueden hacerlo durante años.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés) descubrieron que un número récord de niños menores de 5 años habían sido hospitalizados durante la oleada de ómicron, y subrayaron la necesidad de vacunarlos, pero desde entonces la agencia ha dicho que el 90 por ciento de los estadounidenses puede dejar de usar cubrebocas en espacios públicos interiores, incluso en las escuelas con niños pequeños.

Una estudiante con cubrebocas durante una clase de arte en la escuela primaria Garrison en Washington, el 24 de enero de 2022. (Erin Schaff/The New York Times)

¿Quién podría culpar a los padres por sentirse desconcertados?

“Lo confuso es que ya no existe una respuesta clara y correcta”, señaló Anne González, una madre de 41 años con dos hijos que supervisa voluntarios para una gran organización religiosa sin fines de lucro en San Luis. “He llegado al punto de que lo único que puedo hacer es lo que me parece correcto para mi familia”.

Por suerte, las próximas semanas podrían aportar algo de claridad. Tanto Pfizer como Moderna tienen previsto comunicar los resultados de los ensayos de sus vacunas en niños pequeños. De ser positivos, deberían de conducir a una nueva ronda de revisión regulatoria, quizá ya en abril, que podría permitir la vacunación de decenas de millones de niños.

No obstante, esos resultados estarán listos cuando la variante ómicron reduzca su presencia en Estados Unidos, lo que complicará la decisión de los padres respecto a la conveniencia de vacunar a los niños.

Menos de 1 de cada 4 niños de 5 a 11 años ya tienen un esquema de vacunación completo. Más de la mitad de los adolescentes de 12 a 17 años han completado sus esquemas de vacunación, pero solo un 12 por ciento ha recibido una dosis de refuerzo. Estos porcentajes son aún más bajos en las zonas rurales de Estados Unidos.

Los niños tienen menos probabilidades de enfermar, por lo que el balance de riesgos y beneficios nunca fue el mismo que el de los adultos. Ahora, hasta el 95 por ciento del país tiene algún grado de protección contra el virus debido a las vacunas o a un contagio previo, según datos recientes de los CDC.

A los expertos les preocupa que los resultados más recientes hayan dificultado aún más convencer a algunos padres de que vacunen a sus hijos.

“La información debería decepcionarnos, desearíamos que fuera mejor”, comentó Luciana Borio, exjefa científica interina de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por su sigla en inglés). “Pero a corto plazo, es importante que los padres vacunen a los niños”.

La disyuntiva de la dosis

Los estudios recientes sugieren que el problema no es tanto la vacuna como la dosis.

En los ensayos realizados en adultos en 2020, los fabricantes de vacunas hicieron sus mejores conjeturas sobre la dosis correcta y optaron por intervalos cortos entre las inyecciones para proteger a las personas lo más rápido posible durante el aumento inicial de contagios.

Las vacunas de Pfizer-BioNTech y Moderna demostraron ser seguras y ofrecer una protección sólida en los ensayos clínicos y su uso se autorizó rápidamente, pero los ensayos en niños se complicaron con la llegada de las variantes delta y ómicron, y al parecer la vacuna ofreció una protección menor en niños de 2 a 4 años.

Por ahora, la vacuna de Pfizer-BioNTech es la única autorizada para niños. (Las vacunas fabricadas por Moderna y Johnson & Johnson solo están autorizadas para adultos).

Pfizer y BioNTech están probando en estos momentos una tercera dosis en niños menores de 12 años para determinar si puede ofrecer el nivel de protección que las dos dosis no pudieron ofrecer. La FDA sigue evaluando la vacuna Moderna para su uso en niños de 6 a 11 años. La semana pasada, la agencia rechazó una solicitud de autorización de la vacuna Covaxin para niños, la cual se fabrica en la India.

Cubrebocas en las escuelas

Los resultados decepcionantes, junto con el descenso de la oleada de ómicron, han complicado bastante las decisiones políticas de los funcionarios locales de salud.

En oposición a las recomendaciones de Florida, los estados de Luisiana y California exigirán que los alumnos estén vacunados para el otoño, y el Distrito de Columbia había fijado como fecha límite el 1.° de marzo para que los estudiantes de 12 años en adelante tuvieran un esquema de vacunación completo.

Otros estados podrían adoptar políticas similares, pero es probable que lo hagan solo si la FDA aprueba por completo el uso de la vacuna en los niños en edad escolar, aseveró Hemi Tewarson, directora ejecutiva de la National Academy for State Health Policy, una organización no partidista.

“Para muchos de ellos será el factor clave para solicitar la vacunación como requisito obligatorio”, dijo.

La obligatoriedad de la vacunación en la escuela aliviaría los temores de muchas familias con niños que tienen vulnerabilidades médicas.

Casi todos los miembros de la familia de Heather Keever, incluido su hijo Wesley, de 14 años, padecen enfermedades cardiacas, hipertensión y enfermedades renales, pero como técnicamente no están inmunodeprimidos, no tienen derecho a recibir trato preferencial en el trabajo o en la escuela, señaló Keever, de 42 años, consultora en los suburbios de Chicago.

“Se olvidan de que algunos de nosotros no podemos literalmente quitarnos el cubrebocas”, al menos hasta que los índices bajen mucho más, dijo. “Sentí que yo no importaba, que no era importante y que muy probablemente era desechable. Y todavía lo siento”.

Katie Sunderland, de Arlington, Virginia, lleva mucho tiempo dispuesta a renunciar al cubrebocas. Si sus hijos, de 7 y 5 años, se contagian, “me parecerá una compensación justa a cambio de poder quitarse el cubrebocas y verse las caras”, dijo.

“De cualquier manera, no estoy convencida de que el uso del cubrebocas reduzca significativamente el riesgo de contraer COVID-19, en especial el tipo de cubrebocas que veo que llevan la mayoría de los niños”, afirmó Sunderland, de 37 años. “A mi parecer no es lógico impedir el desarrollo de mis hijos por ese riesgo tan, tan, tan bajo”.

No obstante, muchos otros padres siguen sin saber qué hacer. González tiene una sobrina y un sobrino que tienen defectos cardiacos congénitos y problemas de capacidad pulmonar, y seguirá usando cubrebocas para protegerlos, señaló.

No obstante, si el colegio de su hijo elimina el requisito del cubrebocas, “aún no sabemos qué vamos a hacer”.