Millones de estadounidenses con sistemas inmunitarios debilitados, discapacidades o enfermedades que los hacen especialmente vulnerables al coronavirus han vivido así desde marzo de 2020, secuestrados en casa, sin que sus hijos asistan a la escuela y faltando a sus citas médicas para no arriesgarse a exponerse al virus. Están furiosos con los discursos de los políticos y los expertos en salud pública ya que consideran que minimizan el valor de su vida.

Distribución de cubrebocas N95 a trabajadores agrícolas en Medford, Oregón, el 28 de agosto de 2021. (Jordan Gale/The New York Times)

Conforme se acerca el tercer año de la pandemia, con el apoyo público a las medidas de prevención cayendo en picada y los gobernadores de los estados más liberales movilizándose para deshacerse de la obligatoriedad de los cubrebocas, estas personas se encuentran afrontando el agotamiento y la pena, arraigados en la sensación de que sus vecinos y líderes están dispuestos a aceptar que sean daños colaterales en una vuelta a la normalidad.

Más de 7 millones de adultos en Estados Unidos, es decir, alrededor del 3 por ciento, son calificados por los profesionales de la salud como inmunodeprimidos debido a una enfermedad, medicación u otro tratamiento que debilita la respuesta inmunitaria de su cuerpo, lo que significa que enfermedades como la COVID-19 pueden ser más mortales para ellos y que las vacunas ofrecen menos protección.

Decenas de millones de estadounidenses más tienen al menos un padecimiento médico, como asma o diabetes, que los pone en mayor riesgo de contraer COVID-19. El grado de riesgo puede variar mucho. Muchos viven sin preocuparse, mientras que otros con mayor riesgo han sentido la necesidad de aislarse de la sociedad.

Eso no es lo que Aaron Vaughn, de 12 años, procedente de East Lynne, Misuri, esperaba cuando recibió un trasplante de corazón en junio de 2020. Puesto que nació con medio corazón, pensó que el trasplante le daría más libertad tras años de largas temporadas en el hospital, pero como el virus sigue circulando, no ha ido a la escuela ni a un restaurante (su última salida fue a Pizza Hut, su favorito en ese momento) desde principios de 2020 y no ve a nadie más que a su familia y a los médicos.

El retroceso de la obligatoriedad en el uso de cubrebocas en estados como Nueva York, Illinois y California es la última fuente de estrés para los estadounidenses vulnerables, quienes temen que el resto del país se olvide de las medidas de prevención sin tener en cuenta cómo mantenerlos a salvo. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés) dijeron la semana pasada que era demasiado pronto para abandonar los cubrebocas, en parte por el impacto potencial en las personas vulnerables, pero la agencia indicó el miércoles que pronto emitiría nuevas directrices.

El miedo y la rabia que sienten muchos estadounidenses de alto riesgo estallaron en la opinión pública el mes pasado en respuesta a las declaraciones de la directora de los CDC, Rochelle Walensky. Citando un estudio que decía que solo el 0,003 por ciento de las personas vacunadas habían fallecido a causa de la COVID-19, le explicó a ABC News que el 75 por ciento de los que habían muerto a pesar de la vacunación tenían “al menos cuatro comorbilidades, así que, en realidad, se trata de personas que no estaban bien desde un inicio”.

Señaló las normas recientes del Departamento de Salud y Servicios Humanos, según las cuales no se puede privar de prioridad a los pacientes en función de su discapacidad, incluso cuando los hospitales promulguen normas de atención a la crisis. Dijo que la administración anunciaría más acciones esta semana, incluyendo un grupo de trabajo de activistas.

 

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