La incidencia del COVID-19 y la gravedad de la enfermedad, medida por las tasas de ingreso hospitalario y en la UCI, se asocian con los niveles de ruido ambiental en el entorno de los pacientes, según un estudio

La propagación y la virulencia del coronavirus ya se habían relacionado con la mala calidad del aire que se respira en determinados lugares, e incluso se ha asociado el cambio climático con la transmisión del SARS-CoV-2 a los seres humanos, porque habría influido en la expansión de los murciélagos –posibles huéspedes del virus– hacia hábitats que antes no ocupaban. Un nuevo estudio relaciona ahora la incidencia y gravedad del COVID-19 con la contaminación acústica.

La investigación ha sido realizada por científicos del Instituto de Salud Carlos III liderados por Julio Díaz y Cristina Linares, de la Escuela Nacional de Sanidad y se ha publicado en Environmental Research, y sus resultados indican que la incidencia de la infección por coronavirus y la gravedad con la que se manifiesta, atendiendo a factores como las tasas de ingreso hospitalario y en la UCI, se relacionan directamente con los niveles de ruido ambiental, aunque esto no influye en la mortalidad.

El ruido provoca estrés, afecta a la calidad del descanso y provoca alteraciones del sueño, que tienen un impacto negativo sobre el sistema inmune y el estrés oxidativo

Para llegar a estas conclusiones los investigadores analizaron el efecto que tenían sobre la enfermedad varios factores ambientales. Entre las primeras y las últimas semanas del estudio registraron una diferencia en el nivel de ruido de 3 decibelios de media, que llegó a ser de 5,4 decibelios durante el confinamiento.

La contaminación atmosférica y la acústica están relacionadas, ya que durante el confinamiento se produjo una significativa disminución del tráfico automovilístico, que fue la principal causa de la reducción de los niveles de ruido en la región. Por ello, analizaron cómo influía la polución del aire (las partículas PM10 y NO2), y esto les permitió comprobar que el ruido se asociaba positivamente con los ingresos de pacientes en hospitales y UCI, aunque con un retraso de entre siete y 10 días para la incidencia, de 17 días para la hospitalización, y de 22 días para el ingreso en UCI.

El ruido ambiental influye negativamente en el sistema inmune

El ruido provoca estrés y numerosos estudios han comprobado que tiene un impacto en la inmunidad del individuo, por lo que según los autores del trabajo esta podría ser una de las explicaciones a sus hallazgos sobre la relación entre la contaminación acústica y el COVID-19.

Los sonidos fuertes del entorno también afectan a la calidad del descanso y provocan alteraciones del sueño que, a su vez, tienen un impacto negativo sobre el sistema inmune y el estrés oxidativo. Además, según los investigadores, el ruido es un indicador de la actividad humana y, a mayor actividad y contacto, mayor es el riesgo de transmisión del coronavirus y más se incrementa la incidencia y los contagios en la población vulnerable.