Esta vez, aunque las vacunas significan que hay muchas menos muertes, la enorme velocidad de propagación está causando la saturación de los hospitales y la falta de personal, y está afectando los negocios, los viajes y las escuelas. Ya no hay ninguna duda científica sobre cómo se propaga el covid-19 por el aire, y sabemos lo que podemos hacer a corto, medio y largo plazo para detenerlo.

El covid-19 se propaga como cualquier otra enfermedad respiratoria transmitida por el aire. El virus se transporta en diminutas partículas llamadas aerosoles, que exhalamos constantemente, sobre todo cuando hablamos en voz alta o cantamos. Las partículas permanecen en el aire como el humo, y si alguien tiene covid-19, sus aerosoles exhalados contienen el virus y pueden infectar a quien los respire. Detenemos la propagación de la enfermedad impidiendo que las personas inhalen aerosoles infectados.

¿Qué podemos hacer para protegernos de la propagación del covid-19 por el aire?

Lo primero que podemos hacer es usar cubrebocas. Sin embargo, no todos son iguales. Y, con ómicron, ha llegado el momento de mejorarlos. Los cubrebocas quirúrgicos azules desechables son mejores que los de tela, que a su vez son mejores que no usar nada. Pero ambos tienen huecos a los lados y atrapan principalmente los aerosoles en el flujo de la respiración al salir. Así que, aunque reducen el contagio a las demás personas si el portador está infectado, no ofrecen mucha protección para el propio portador

Sin embargo, las “mascarillas respiratorias filtrantes” son mucho más eficaces para atrapar las partículas y detener la transmisión, del usuario hacia el exterior y viceversa. Estos cubrebocas plegables y ligeramente más gruesos se denominan FFP2, KN95 o N95, según las normas reglamentarias. Están fabricados con un material filtrante superior y tienen un ajuste más estrecho y sin huecos. Pueden reutilizarse durante semanas, son cómodos de llevar y permiten respirar de manera adecuada. Otros países europeos han establecido el FFP2 como norma mínima para los comercios y el transporte público, y los proporcionan de manera gratuita para maximizar la aceptación y suprimir la propagación del covid-19. Deberíamos hacer lo mismo.

El distanciamiento también ayuda. Solíamos pensar que el virus estaba contenido solo en gotas de saliva que vuelan por el aire y caen al suelo, por lo que mantenerse a dos metros de distancia significaba que el covid-19 no podía alcanzarte. Las partículas de aerosol mucho más pequeñas que flotan en el aire significan que, por desgracia, no es así.

Pero mantener la distancia sigue siendo útil. Esto se debe a que te pone fuera del alcance del flujo respiratorio que sale de la boca de las personas que no están usando un cubrebocas (las bocanadas que son visibles cuando hace frío). Dentro de esta “zona cercana”, estar al aire libre es menos útil, del mismo modo en el que las ventanas abiertas no ayudan mucho si un fumador está muy cerca y te echa el humo en la cara. En cambio, a mayor distancia, estar al aire libre resulta más útil.

Las reglas de distanciamiento también limitan el cupo máximo, lo que reduce por un lado la posibilidad de que alguien con covid-19 esté en la habitación, y por otro el número de personas que podrían infectarse. Así pues, el distanciamiento ayuda, pero (como tantas otras cosas) no es “una solución mágica”.

¿Qué hay que hacer ahora?

Necesitamos más. El distanciamiento no siempre es práctico. Los cubrebocas no se pueden usar cuando se come y se bebe, y no se usan en las escuelas primarias. Mucha gente no lleva cubrebocas en el trabajo o mientras se entretiene en casa, y la mayoría de nosotros sería más feliz si no tuviera que hacerlo. Los cubrebocas requieren que la gente cambie su comportamiento; los entornos más seguros no. Se puede hacer mucho limpiando el aire de la habitación, eliminando el aerosol infeccioso antes de que pueda ser inhalado. Podemos hacerlo con ventilación (sustituyendo el aire viciado por aire fresco), filtración (eliminando los aerosoles directamente) o esterilización (matando el virus en los aerosoles).

Muchos espacios ya tienen una buena ventilación, pero otros no, y el problema surge cuando no podemos saber cuáles. Muchos edificios modernos disponen de ventilación “mecánica” que suministra una cantidad fiable de aire fresco, pero es difícil que los clientes o los empleados sepan si existe una buena ventilación mecánica: ¿la caja de la pared está soplando realmente aire fresco, o solo está soplando el mismo aire viciado de un lado a otro, permitiendo que el aerosol infeccioso se acumule y se propague?

Mientras tanto, la ventilación “natural” a través de ventanas y puertas abiertas es la principal fuente de ventilación de los edificios más antiguos, incluidas muchas escuelas. Las ventanas abiertas son visibles, pero la cantidad de ventilación que proporcionan varía según el clima. Es probable que haya más ventilación si hace viento o más frío en el exterior, y una ráfaga rápida de aire fresco durante unos minutos cada media hora ayuda a evitar la acumulación de aerosoles infecciosos. Pero a menudo es difícil juzgar si la ventilación es suficiente y cuánto hay que abrir las ventanas para conseguir el equilibrio adecuado para el confort. Necesitamos una forma directa de mostrar cuánto aliento se ha acumulado en la habitación.

Para ello, utilizamos el dióxido de carbono (CO₂). A medida que exhalamos, los niveles de CO₂ se acumulan en la habitación y el aire fresco puede diluirlo hasta acercarse al mismo nivel que encontraríamos en el exterior. Con el sensor adecuado, esto es algo fácil de medir. Necesitamos más sensores de este tipo, idealmente uno en cada aula con ventilación natural. Esto ayudaría al profesor a gestionar la ventilación y la temperatura abriendo y cerrando las ventanas. Necesitamos que se ofrezcan más sensores a los edificios que ofrecen servicios de hotelería, para que puedan dar a conocer el nivel de ventilación y ayudar a los clientes a elegir con conocimiento de causa, lo que a su vez supondría un incentivo para mejorar. Y deberíamos aspirar a objetivos más ambiciosos que los límites actuales.

Las guías escolares establecen actualmente un límite de 1.500 partes por millón (ppm) de CO₂, lo que representa casi el doble de aire exhalado que el límite de 1.000 ppm de otros países. En comparación, los valores al aire libre se sitúan en torno a las 400 ppm de CO₂. Más de un tercio de nuestras aulas incumplirían actualmente esta norma más estricta, según los sensores ya distribuidos. Y se desconocen los datos equivalentes para los edificios que ofrecen servicios de hotelería.

Mientras tanto, cuando la ventilación es inadecuada, podemos complementar el aire limpio filtrando las partículas de aerosoles respiratorios mediante pequeñas unidades portátiles de filtrado HEPA (Aire de partículas de alta eficiencia) que simplemente se conectan a la red eléctrica. La filtración HEPA está establecida desde hace tiempo y es muy eficaz para filtrar los aerosoles, y se ha demostrado que elimina casi todas las partículas de aerosol infecciosas del aire en la sala de un hospital dedicada para casos de covid-19.

Se han puesto a disposición de las escuelas algunas unidades HEPA, pero los modelos aprobados por el gobierno son caros. Sin embargo, hay muchas unidades comerciales de “purificación del aire” para el hogar que pueden proporcionar un aire filtrado igual de bien por una fracción del precio. Las escuelas y las empresas solo necesitan orientación para poder elegir.

¿Cuáles son las soluciones a largo plazo?

Si los cubrebocas, el distanciamiento y las ventanas son opciones inmediatas para un aire más seguro, y los medidores de CO₂ y las unidades HEPA a medio plazo, ¿qué hay del largo plazo? Los nuevos desarrollos en tecnología ultravioleta (UV) pueden eliminar de forma segura y eficaz los patógenos del aire en grandes espacios como comedores, gimnasios o teatros.

Las mejoras de las infraestructuras y las nuevas construcciones, necesarias para alcanzar los objetivos de carbono cero, pueden combinar una ventilación más eficiente desde el punto de vista energético con la filtración para reducir la contaminación. En las aulas y en el lugar de trabajo, el aire limpio tiene beneficios para la salud y el bienestar que van mucho más allá de los generados por la actual pandemia que se transmite a través del aire.

El aire limpio tiene un precio económico. Pero este debe sopesarse frente a los beneficios de la reducción de la mala salud de la población y de los trastornos derivados de las epidemias. En el siglo XIX, este razonamiento nos proporcionó agua limpia libre de enfermedades transmitidas por el agua. Luego limpiamos el aire exterior de las ciudades, combatiendo el smog, la contaminación industrial, la gasolina con plomo y ahora el diésel. En el mundo de las nuevas pandemias del siglo XXI, es hora de que abordemos el aire interior.