A medida que el coronavirus cede su control mortal sobre Estados Unidos y las reglas pandémicas que rigen la vida diaria desaparecen, ¿es hora de declarar el fin de la emergencia nacional de salud pública?

Más de un tercio de los estadounidenses creen que sí, según muestran las encuestas. También piensan así docenas de miembros republicanos del Congreso, que han pedido al presidente Biden que “relaje” la declaración de emergencia “para que nuestro país pueda volver a la normalidad”.

Después de dos años con casi 80 millones de infecciones en EE.UU. y casi un millón de muertes por COVID-19, el deseo de seguir adelante es comprensible. Pero los expertos advierten que poner fin a la emergencia de salud ahora dejaría a los estadounidenses en una posición vulnerable si una nueva variante provocara otro pico y los funcionarios carecen de la autoridad legal para responder.

También terminaría el poder de la Administración de Alimentos y Medicamentos para acelerar la autorización de vacunas, pruebas y tratamientos contra el COVID-19. Además, privaría a muchos estadounidenses de beneficios que dan por sentado, incluida la posibilidad de obtener esos artículos de forma gratuita.

“La gente desea volver a la normalidad, pero hay que tener cuidado con lo que se desea”, comentó Lawrence Gostin, de la Universidad de Georgetown, experto en leyes de salud pública. “Este será un mundo completamente nuevo”.

La emergencia de salud pública fue declarada por primera vez por Alex Azar, por entonces secretario de Salud y Servicios Humanos, el 31 de enero de 2020. Desde entonces, se ha renovado cada 90 días para preservar una amplia gama de medidas utilizadas por Washington y los estados para combatir la pandemia. Se volverá a considerar el 15 de abril.

La declaración de emergencia es el principal pilar legal de respuesta pandémica en EE.UU. Incluso cuando las nuevas infecciones y muertes van en fuerte declive, Biden insinuó en su discurso sobre el Estado de la Unión que no estaba listo para dejarlo ir.

“Nunca aceptaremos simplemente vivir con COVID-19; seguiremos combatiendo el virus como lo hacemos con otras enfermedades”, señaló el presidente. “Y debido a que este virus muta y se propaga, tenemos que estar en guardia”.

Setenta y seis legisladores republicanos quieren más detalles, y los quieren para el martes. “Es hora de que su administración abandone el enfoque dominante y autoritario y le muestre al país que la emergencia de COVID-19 ha terminado”, escribieron en una mordaz carta dirigida al presidente y al secretario de Salud y Servicios Humanos, Xavier Becerra.

Su impaciencia es evidente en las encuestas de opinión. A fines de febrero, el 58 % de los estadounidenses estuvo de acuerdo en que el control del coronavirus debe seguir siendo una prioridad, “incluso si eso significa tener algunas restricciones en las actividades normales”. Pero el 38% consideró en una encuesta de ABC News-Washington Post que “no tener restricciones en las actividades normales” era más importante.

La pandemia obligó a los gobiernos federal y estatal a apartarse de sus prácticas habituales de innumerables formas, y la declaración de emergencia de salud pública lo hace posible. Ésta permite que la FDA otorgue autorización de uso de emergencia a nuevos medicamentos y dispositivos, y deja que el gobierno federal pague la cuenta por su uso o exige que las aseguradoras los cubran sin copago. También otorga a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) la autoridad para exigir el uso de mascarillas en aviones, trenes y otros tipos de transporte público.

Un letrero en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles informa a los viajeros que deben usar una máscara u otra cubierta para la cara. (Al Seib / Los Angeles Times)

El reconocimiento federal de una emergencia de salud abrió el camino para que los gobernadores hicieran sus propias declaraciones. Eso les dio la autoridad para emitir órdenes de permanecer en el hogar, implementar mandatos de mascarillas y vacunas, y proteger a los residentes que enfrentan el desalojo porque se atrasaron en la renta o la hipoteca, por nombrar algunos ejemplos.

La acción de Washington también brindó cobertura legal y política a los gobernadores y, en ocasiones, recursos federales para cumplir sus órdenes.

El programa de $19,.300 millones del gobierno federal para acelerar el desarrollo de vacunas contra el COVID-19 se basa en los poderes que la declaración de emergencia de salud pública hizo posibles. El uso de recursos militares y gubernamentales para distribuir las inyecciones y otras drogas también lo hace. Y sin la declaración, un presidente enfrentaría desafíos legales invocando la Ley de Producción de Defensa para obligar esencialmente a las empresas a fabricar equipos de protección personal y otras necesidades pandémicas.

Otras medidas pandémicas extraordinarias fueron menos evidentes para el público. Debido a la declaración de emergencia, Washington pudo dar a los estados mucha libertad en la forma en que gastaron los fondos federales recibidos para la salud pública; de esa manera, podrían transferir dinero y mano de obra de otros programas según fuera necesario, para combatir el coronavirus.

Más allá de eso, la declaración de emergencia facilitó que los proveedores de atención médica ejercieran en estados donde no tenían licencia formal. Y les dio a los médicos, enfermeras y hospitales que trabajan en circunstancias extraordinarias de pandemia algunas protecciones contra demandas por la atención brindada a los pacientes con COVID-19.

El uso de la telemedicina se expandió para los pacientes en todos los ámbitos, y las aseguradoras que se negaron a pagar por ella, o lo hicieron con un gran descuento, recibieron la orden de tratar estas visitas virtuales como si hubieran tenido lugar en el consultorio de un médico.

El Dr. Vibin Roy habla con un paciente durante una consulta de atención primaria en línea realizada desde su casa en Keller, Texas, el año pasado. (LM Otero / Associated Press)

Los fundamentos legales para prácticamente todas estas medidas extraordinarias estaban en la declaración federal de emergencia de salud pública, o en las declaraciones de los estados que se derivaron de ella.

Prácticamente todos los programas pandémicos autorizados y financiados por el Congreso concluirán cuando expire la emergencia de salud, o después de un período específico luego de ese hito. “Una vez que termina la emergencia, termina el almuerzo gratis”, comentó Gostin.

De hecho, los estadounidenses han llegado a pensar que cualquier cosa médica relacionada con COVID-19 (vacunas, pruebas, medicamentos) se puede obtener a pedido y sin costo alguno, añadió. Pero sin la declaración de emergencia, una dosis de vacuna o un tratamiento con Paxlovid podría generar una factura considerable.

El impacto recaería más fuertemente en aquellos que menos pueden pagar la cuenta, anticiparon los expertos. Los servicios de salud tribales, que dependen en gran medida de los fondos y poderes otorgados por el gobierno federal, lo sentirían primero. Y las poblaciones rurales, donde el COVID-19 golpeó con fuerza, podrían ver cómo sus hospitales ya en dificultades pierden los ingresos de emergencia de los que ahora dependen para seguir con sus puertas abiertas.

Según el nuevo plan de “Prueba para tratamientos” de Biden, los estadounidenses necesitarán acceso continuo a testeos que no incurran en costos de bolsillo, comentó Gostin. Si, de repente, estos comienzan a presentar una factura, “habría una tasa de prueba en picada en Estados Unidos, y caería más en las comunidades pobres, que corren mayor riesgo de COVID”.

Kits de prueba rápida de COVID-19 en el hogar son entregados de forma gratuita en Chelsea, Massachusetts (Joseph Prezioso / AFP/Getty Images)

También es probable que las comunidades de bajos ingresos sean las más afectadas por un cambio clave en Medicaid, el programa de seguro médico para estadounidenses discapacitados y de bajos ingresos.

En la Ley de alivio del coronavirus de Families First, promulgada en marzo de 2020, el Congreso aumentó las contribuciones del gobierno federal a los gastos de Medicaid de los estados en un 6,2 % durante la emergencia pandémica. Pero la financiación adicional vino con una condición: mientras durara la emergencia pandémica, los estados que la aceptaban tenían prohibido cancelar la inscripción de prácticamente cualquier persona cubierta por el programa.

Esta letra pequeña tuvo un gran efecto. En muchos estados, un mínimo aumento en los ingresos o un cambio en el estado hará que un beneficiario de Medicaid y sus dependientes sean eliminados de las listas, incluso si el cambio es solo temporal. La Ley de Familias Primero redujo esta rotación, asegurando que los estadounidenses elegibles sigan asegurados durante la pandemia.

La ley ha sido de gran ayuda para los niños, cuya inscripción en Medicaid creció más de un 11% en los últimos dos años. Hoy, más de la mitad de todos los menores en en EE.UU. están cubiertos por estos programas.

Pero eso no durará. Varios estados ya están planeando su regreso a las prácticas estándar cuando termine la emergencia sanitaria. Además de hacer cumplir los límites de ingresos previos a la pandemia, muchos requerirán que todos los beneficiarios se vuelvan a inscribir, una demanda de papeleo que hará que algunas familias de bajos ingresos pierdan la cobertura.

Casi 13 millones de estadounidenses se quedarían sin seguro médico si la declaración de emergencia finaliza a mediados de abril, según un análisis de la Robert Wood Johnson Foundation y el Urban Institute. Y el Health Policy Institute, de la Universidad de Georgetown, estima que en el primer año después del final de la emergencia sanitaria, al menos 6,7 millones de chicos “corren un riesgo muy alto de quedarse sin seguro”.

 

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